Hablar de decrecimiento sin hablar de moneda equivale a describir la necesidad de frenar sin examinar el motor que obliga a acelerar. Se pide a las sociedades que reduzcan su presión sobre el mundo vivo, pero se conserva una arquitectura económica que transforma la expansión permanente en condición de estabilidad social, presupuestaria y financiera.
El problema no es solo cultural. No basta con pedir sobriedad, virtud o moderación individual si el sistema monetario continúa organizando la deuda, el interés, la rentabilidad y la competencia internacional como fuerzas que empujan hacia más producción, más extracción y más circulación mercantil.
El límite de una crítica puramente moral
Una parte del discurso sobre el decrecimiento se formula como una crítica de los modos de vida: consumir menos, viajar menos, producir menos residuos, aceptar una vida más simple. Todo eso puede ser necesario, pero sigue siendo insuficiente si no se cambia la infraestructura que hace que empresas, Estados y hogares dependan de ingresos monetarios crecientes.
En una economía basada en la deuda, el futuro debe producir flujos monetarios suficientes para pagar capital e intereses. Esa obligación no es psicológica: está inscrita en balances, presupuestos, contratos y expectativas financieras. Por eso la sobriedad individual choca rápidamente con una macroeconomía que exige crecimiento.
La robustez como criterio central
La cuestión no es empobrecer a la sociedad ni reducir todo de manera uniforme. La cuestión es distinguir entre aquello que aumenta la robustez del sistema social y ecológico y aquello que lo debilita. Una sociedad robusta es capaz de sostener sus funciones vitales —salud, alimentación, agua, energía esencial, educación, cuidados, ecosistemas— sin depender de una fuga hacia adelante extractivista.
El decrecimiento debe ser selectivo: disminuir las actividades degenerativas, intensivas en recursos y socialmente inútiles, y fortalecer las actividades de bajo impacto que preservan las condiciones de vida.
Por qué la moneda importa
El sistema monetario actual no es neutral. Decide qué se financia fácilmente, qué se considera rentable, qué se deja sin recursos y qué se vuelve imposible políticamente. Si la moneda se crea principalmente mediante deuda, entonces la economía queda orientada hacia la producción de ingresos futuros capaces de reembolsarla.
Por eso una política de decrecimiento que no modifica la creación monetaria se condena a una contradicción: pretende reducir los flujos materiales mientras mantiene una estructura financiera que exige la expansión de los flujos monetarios.
La propuesta de NEMO IMS
NEMO IMS parte de una intuición simple: si la moneda orienta los comportamientos, debe diseñarse para orientar la economía hacia la robustez ecológica y social. Esto implica crear moneda sin deuda para financiar funciones esenciales y regenerativas, y organizar una demurrage monetaria basada en las transacciones para modular el coste de las actividades según su impacto.
La idea no es castigar la vida cotidiana. Es hacer visible dentro de la propia circulación monetaria aquello que el sistema de precios suele ocultar: destrucción de ecosistemas, fragilidad social, intensidad material y dependencia energética.
Conclusión
Pensar el decrecimiento sin pensar la robustez conduce a una moral de la renuncia. Pensarlo sin moneda conduce a una impotencia política. NEMO IMS propone unir ambas dimensiones: reducir lo que destruye, financiar lo que sostiene y reconstruir la economía alrededor de los límites del mundo vivo.
Jean-Christophe Duval