Pensar el decrecimiento sin pensar la robustez no tiene sentido

Si el decrecimiento es necesario, debe ir acompañado de una arquitectura monetaria capaz de organizar la robustez ecológica y social.

Cada vez somos más quienes queremos desacelerar.

Consumir menos. Vivir de otra manera. Reducir nuestra huella. Recuperar tiempo, medida, sobriedad, vínculo, silencio y respiración. Este deseo ya no es marginal. Atraviesa todas las capas de la sociedad. Lo alimentan la inquietud ecológica, el agotamiento psíquico, el rechazo de un mundo saturado de objetos, flujos e imperativos de consumo, pero también una aspiración sincera a una vida más equilibrada.

Y, sin embargo, a escala global, nada —o casi nada— parece cambiar.

Las emisiones siguen aumentando. Los recursos se agotan. Los ecosistemas se degradan. Los ritmos se aceleran. La presión productiva se intensifica. Las deudas públicas y privadas crecen. Las infraestructuras de consumo, transporte, finanzas y extracción continúan empujando la economía mundial en la misma dirección.

Como si, pese a nuestras intenciones, una fuerza más profunda siguiera arrastrándonos en sentido contrario.

Ese desfase es inquietante.

Genera culpa, a menudo frustración y, a veces, una forma de resignación. Muchas personas terminan preguntándose si no hacen lo suficiente. Si no son lo bastante sobrias. Lo bastante coherentes. Lo bastante militantes. Lo bastante radicales. Lo bastante ejemplares.

Pero hay una pregunta que merece ser planteada, sin juicio: ¿y si el problema no viniera solamente de nosotros?

¿Y si, pese a nuestra voluntad de desacelerar, estuviéramos atrapados en un sistema que es estructuralmente incapaz de hacerlo?

Que el pez quiera salir de la pecera no significa que la pecera vaya a dejarlo salir.

El freno moral no basta si el vehículo está diseñado para acelerar

Pensar el decrecimiento suele presentarse como un problema moral y cultural. Habría que cambiar nuestros imaginarios, deseos, hábitos y representaciones de la felicidad, el éxito, el confort y el progreso.

Es cierto.

Hay una batalla cultural que librar. Debemos desmontar la idolatría del crecimiento, la obsesión por el poder adquisitivo, la confusión entre riqueza y acumulación, entre libertad y consumo, entre confort material y realización humana.

Pero esa batalla cultural no basta.

La opción del decrecimiento no puede ser solo una postura moral individual. Supone transformar las estructuras en las que nuestras vidas económicas están encerradas.

Porque no basta con que el pie quiera pisar el freno si el coche no frena — porque su único pedal es un acelerador.

El decrecimiento no puede descansar únicamente en la ética individual, la conversión interior, la sobriedad voluntaria o la multiplicación de buenas intenciones. Esas dimensiones son necesarias, pero se vuelven impotentes cuando chocan con estructuras económicas que exigen permanentemente expansión, rentabilidad, solvencia, aumento de ingresos, crecimiento de mercados y crecimiento de flujos monetarios.

El bloqueo no es, por tanto, solo moral o cultural.

Es estructural.

Más precisamente, se sitúa en el corazón de nuestro sistema monetario, bancario y financiero.

El problema no es la moneda, sino su arquitectura

Llegados a este punto, algunos dirán: inventemos un mundo sin dinero.

Hummm…

La moneda no es necesariamente el problema. Es una institución social, un lenguaje colectivo, un instrumento de medida, intercambio, coordinación y proyección en el tiempo. Una sociedad compleja difícilmente puede prescindir por completo de una herramienta que permita organizar deudas, compromisos, contribuciones, intercambios y prioridades colectivas.

El problema no es, por tanto, la moneda en sí.

El problema es el sistema monetario: la arquitectura de sus tuberías.

¿Quién crea la moneda? ¿En qué condiciones? ¿Para financiar qué? ¿Según qué criterios? ¿Con qué obligaciones de reembolso? ¿Con qué efectos sobre el crecimiento, la deuda, la competencia, la inversión, los tipos de interés, la presión productiva y la destrucción de lo vivo?

El sistema en el que vivimos hoy no es más que una configuración histórica entre otras. No tiene nada de eterno. Nada de natural. Nada de insuperable.

Y ciertamente no es el más adecuado para preservar las condiciones de vida en la Tierra.

En las economías contemporáneas, la moneda se crea en gran medida mediante el crédito bancario y, por tanto, mediante la deuda. Esto significa que la economía debe producir sin cesar flujos futuros de ingresos para reembolsar compromisos pasados. Dicho de otro modo: debe generar suficiente crecimiento, beneficio, fiscalidad, consumo y actividad mercantil para mantener la solvencia general del sistema.

El crecimiento no es solo una ideología.

También es una restricción de funcionamiento.

Podemos desear desacelerar. Podemos querer consumir menos. Podemos soñar con una sociedad sobria. Pero mientras la arquitectura monetaria exija la expansión continua de los flujos económicos para estabilizar deudas, balances, ingresos, pensiones, beneficios y presupuestos públicos, el decrecimiento seguirá siendo una aspiración atrapada en un motor diseñado para acelerar.

El decrecimiento por sí solo no basta

Sería absurdo creer que podemos seguir aumentando indefinidamente las extracciones de materia, el consumo de energía, las infraestructuras extractivas, los flujos logísticos y los volúmenes de producción en un mundo finito. Habrá que reducir ciertas actividades. Habrá que desacelerar ciertos sectores. Habrá que renunciar a ciertas producciones. Habrá que organizar formas de contracción material.

Pero el decrecimiento, por sí solo, no basta.

Una sociedad no puede simplemente decrecer. También debe sostenerse. Debe reorganizarse. Debe proteger a los más vulnerables. Debe financiar infraestructuras útiles. Debe regenerar suelos, bosques, acuíferos, territorios de vida, servicios públicos, bienes comunes, comunidades y vínculos sociales.

No necesitamos solamente una economía capaz de producir menos.

Necesitamos una economía capaz de volverse más robusta.

La robustez no es rendimiento. No es optimización. No es maximización de la rentabilidad. Designa la capacidad de un sistema para absorber choques, preservar sus funciones vitales, mantener la cohesión social, limitar vulnerabilidades y restaurar sus medios de vida.

Una economía de la robustez debe ser capaz de organizar simultáneamente dos movimientos:

En otras palabras: no basta con decir «menos». También hay que decir «mejor», «de otra manera», «más sólido», «más resiliente», «más vivo».

Necesitamos una economía capaz de organizar no solo el decrecimiento, sino también la robustez ecológica y social.

El gran impensado: ¿quién financia la regeneración?

Aquí la cuestión monetaria vuelve a ser central.

Las dinámicas de regeneración suelen ser lentas, difusas, territoriales y colectivas. No siempre producen un retorno financiero rápido. Restaurar un suelo, reparar una cuenca hidrográfica, relocalizar actividades esenciales, fortalecer una comunidad, preservar un bosque, acompañar la sobriedad energética, cuidar a las personas mayores, educar, prevenir, mantener, reparar: todo eso crea valor real, pero no siempre rentabilidad mercantil inmediata.

Ahora bien, nuestro sistema financiero sabe financiar muy mal aquello que no se monetiza rápidamente.

Lo que no genera rendimientos medibles, rápidos y apropiables queda marginado, subfinanciado o ignorado. Las actividades regenerativas escapan a menudo a las lógicas clásicas de retorno de inversión. Crean beneficios comunes, sistémicos, difusos y de largo plazo. Mejoran la calidad del mundo, pero no encajan fácilmente en las casillas de la finanza convencional.

Ahí reside una contradicción mayor.

Llamamos al decrecimiento, pero seguimos funcionando en un sistema financiero diseñado para asignar capital hacia lo que crece, se intensifica, se acelera, se privatiza y se monetiza rápidamente.

Queremos desacelerar, pero nuestros instrumentos financieros recompensan la aceleración.

Queremos reparar, pero nuestros balances favorecen la extracción.

Queremos proteger los comunes, pero nuestra contabilidad valora primero lo que se convierte en mercancía.

Queremos reducir la huella material, pero nuestro sistema monetario depende del crecimiento de los flujos de ingresos.

En estas condiciones, el decrecimiento se vuelve no solo difícil, sino estructuralmente incoherente.

Necesitamos unas finanzas capaces de sostener la salida de las finanzas extractivas

Por eso no basta con oponer decrecimiento y crecimiento. Hay que cambiar la pregunta.

La verdadera pregunta es: ¿qué arquitectura económica permite reducir lo que destruye mientras financia lo que regenera?

Dicho de otro modo: ¿cómo organizar una contracción selectiva de las actividades degenerativas sin provocar un colapso social? ¿Cómo financiar las actividades de bajo impacto, los bienes comunes, los servicios esenciales, la reparación ecológica y la robustez colectiva, incluso cuando esas actividades no responden a los criterios clásicos de rentabilidad?

Esto implica repensar profundamente el sistema monetario, bancario y financiero.

No para abolir toda moneda.

No para fantasear con un retorno a una economía primitiva.

Sino para reconocer que las tuberías actuales orientan los flujos en la dirección equivocada.

Una economía realmente ecológica no puede limitarse a moralizar los comportamientos. Debe modificar los circuitos de financiación, los criterios de asignación monetaria, los incentivos estructurales, los mecanismos de creación y destrucción monetaria, las finalidades de la inversión y la manera en que una sociedad define lo que merece ser sostenido.

El decrecimiento necesita un modelo regenerativo

Pensar el decrecimiento sin pensar al mismo tiempo un modelo regenerativo capaz de sostenerlo es ilusorio.

Un decrecimiento no organizado puede volverse socialmente brutal. Puede producir desempleo, precariedad, resentimiento, conflictos políticos y retrocesos democráticos. Una sociedad solo puede aceptar desacelerar si se siente protegida, asegurada, acompañada y orientada hacia una forma deseable de estabilidad y dignidad.

Por eso el decrecimiento no debe pensarse como una simple reducción cuantitativa.

Debe articularse con una economía de la robustez.

Eso significa:

Sin ello, el decrecimiento seguirá preso de una contradicción: querrá desacelerar en un sistema que solo sabe sobrevivir acelerando.

Moral, cultural — pero sobre todo estructural

Sí, el problema es moral.

Hay que salir del imaginario de la depredación, el despilfarro, la acumulación y el siempre más. Hay que aprender a desear otra cosa que la expansión material sin fin. Hay que redefinir el éxito, la riqueza, la libertad, la seguridad, el confort y el poder.

Sí, el problema es cultural.

Hay que construir nuevos relatos, nuevos símbolos, nuevas formas de prestigio, reconocimiento, pertenencia y gratificación. Hay que hacer deseable la sobriedad, no como castigo, sino como madurez civilizatoria.

Pero el problema también es —y quizá sobre todo— estructural.

Porque ninguna cultura de la sobriedad podrá imponerse duraderamente en una arquitectura económica que castiga la contracción, recompensa la extracción, exige crecimiento y subfinancia la regeneración.

El pez puede querer salir de la pecera.

Pero todavía hay que abrir la pecera.

Y si realmente queremos abrirla, debemos atrevernos a mirar allí donde se juega una parte decisiva del encierro: en nuestro sistema monetario, bancario y financiero.

Ahí se encuentra uno de los grandes puntos ciegos del debate sobre el decrecimiento.

Y es precisamente ese punto ciego el que Debunk’Onomy quiere colocar en el centro: pensar juntos el decrecimiento, la robustez y la arquitectura monetaria capaz de hacerlos posibles.