El concepto de «transición energética» se ha convertido en el relato dominante de las políticas climáticas. La promesa implícita es simple: cambiar las fuentes de energía para preservar nuestro modo de vida industrial.
Pero, ¿resiste esta visión el análisis histórico y material?
Los trabajos del historiador Jean-Baptiste Fressoz, combinados con los aportes de la termodinámica y la economía ecológica, llevan a una conclusión radicalmente diferente: la transición energética tal como se presenta es en gran medida una impostura intelectual.
La historia muestra que los sistemas energéticos no funcionan según una lógica de sustitución sino de acumulación. La madera, el carbón, el petróleo, el gas, la energía nuclear y las renovables se desarrollan simbioticamente dentro de un metabolismo industrial siempre más amplio.
La genealogía de una impostura
El relato transicionista surgió en los años setenta en Estados Unidos. Investigadores ligados al complejo militar-industrial americano desarrollaron una visión según la cual la humanidad pasaría naturalmente de una «era fósil» a una «era atómica».
Esta narrativa tenía una función política esencial: transformar una crisis civilizacional potencial en un simple desafío tecnológico. El concepto fue luego institucionalizado por organismos como el IIASA y por investigadores como Cesare Marchetti, quienes presentaban los sistemas energéticos como mercados competitivos donde las nuevas tecnologías sustituyen naturalmente a las antiguas.
La realidad histórica: las energías se acumulan
Una de las aportaciones clave de Fressoz consiste en mostrar que la historia energética no es una sucesión de transiciones, sino una acumulación simbiótica.
El carbón no sustituyó a la madera
Los datos históricos muestran lo contrario. La industrialización carbonera requirió cantidades gigantescas de madera: apeas para minas, traviesas para ferrocarriles. La industria carbonera se apoyaba en un «bosque subterráneo». La Inglaterra industrial del siglo XIX consumía a veces más madera que la preindustrial.
El petróleo no sustituyó al carbón
La industria petrolífera moderna depende masivamente del carbón. La fabricación de oleoductos, refinerías y plataformas offshore requiere acero — que todavía se produce en gran parte mediante carbón metalúrgico. El petróleo depende del carbón.
Las renovables no escapan a esta lógica
Los aerogeneradores, paneles solares, baterías y vehículos eléctricos necesitan acero, cemento, cobre, litio, cobalto, tierras raras. Su extracción y transformación siguen dependiendo masivamente de los combustibles fósiles. Las renovables no reemplazan el sistema fósil: se superponen a él.
El callejón termodinámico del crecimiento verde
La economía es un proceso físico de transformación de materia y energía. Según el segundo principio de la termodinámica, toda transformación energética degrada irreversiblemente parte de la energía disponible. El crecimiento infinito en un mundo finito es una imposibilidad física.
Para que el crecimiento verde sea real, se requeriría un desacoplamiento absoluto: el PIB crecería mientras la huella ecológica total disminuye de forma duradera. Los datos empíricos muestran que este desacoplamiento absoluto no existe a escala mundial.
El bloqueo financiero del sistema fósil
Los grandes bancos mundiales tienen cientos de miles de millones en activos vinculados a los combustibles fósiles. El sistema financiero tiene un interés estructural en prolongar la explotación fósil. Las infraestructuras pesadas representan inversiones concebidas para funcionar durante décadas.
De la transición a la amputación energética
Si las energías se acumulan en lugar de sustituirse, entonces la verdadera descarbonización implica no una suma sino una resta. Los combustibles fósiles deben ser retirados físicamente del sistema económico. Esto implica necesariamente una reducción del metabolismo energético global.
El decrecimiento suele caricaturizarse como un colapso económico caótico. Pero hay una diferencia fundamental entre la recesión sufrida — un accidente dentro de un sistema diseñado para crecer — y el decrecimiento organizado: un proyecto político orientado a reducir voluntariamente la huella ecológica preservando las necesidades fundamentales. El objetivo no es producir menos bienestar. El objetivo es producir menos destrucción.
Justicia social y decrecimiento
Las clases más acomodadas concentran una parte desproporcionada de las emisiones mundiales. El verdadero desafío ya no es el aumento ilimitado del PIB, sino la robustez de las sociedades humanas frente a los choques ecológicos, energéticos y climáticos.
Conclusión
La historia energética real invalida el relato dominante de la transición. Las sociedades industriales nunca han sustituido una energía por otra. Han añadido constantemente nuevas capas energéticas a un metabolismo material siempre más vasto.
La verdadera pregunta ya no es: «¿Cómo continuamos el crecimiento con una nueva fuente de energía?» Sino: «¿Cómo organizamos democráticamente la reducción de nuestra huella material para preservar las condiciones de habitabilidad de la Tierra?»
La transición energética quizá sea un mito. Pero la necesidad de frenar es ya una cuestión de física.
Jean-Christophe Duval