La destrucción como doctrina: obsolescencia programada, financiarización y tiempo robado

Por qué la obsolescencia programada no es un simple escándalo industrial, sino el síntoma de un sistema económico que convierte la duración en enemiga del beneficio.

« Un objeto concebido para durar es, para el mercado, un objeto fallido. »

I. Una cuestión de tiempo

Existe una filosofía del tiempo escondida en el corazón de nuestras economías modernas. No se formula en tratados, pero gobierna silenciosamente nuestra relación con el mundo material. Su proposición central es brutal: el largo plazo es enemigo del beneficio.

No se trata de una metáfora. Cuando un condensador se elige para fallar a los dieciocho meses y no a los diez años, cuando una batería se pega para impedir su sustitución, cuando una actualización convierte un dispositivo funcional en una máquina lenta e inútil, lo que se ataca es la duración misma: el tiempo del objeto y, por extensión, el tiempo del usuario, su autonomía y su soberanía material.

Hartmut Rosa habla de aceleración social para describir una compresión del tiempo que no libera, sino que aliena, porque destruye los apoyos estables sobre los que se construye una vida. La obsolescencia programada es la forma industrial y mercantil de esa aceleración. No produce valor: lo captura organizando metódicamente la escasez de duración.

Este artículo aborda la obsolescencia programada no como un escándalo aislado, sino como el síntoma de un sistema económico que ha convertido la destrucción en doctrina.

II. Genealogía de una idea criminal

La obsolescencia programada tiene una fecha de nacimiento que la historia económica prefiere olvidar: 1932. En plena Gran Depresión, Bernard London publicó Ending the Depression Through Planned Obsolescence. Su tesis era simple: la gente conservaba demasiado tiempo sus productos, la demanda caía y la solución consistía en imponer una vida limitada a los bienes para forzar su reemplazo.

La propuesta nunca se convirtió en ley, pero formuló por primera vez una lógica que impregnó el capitalismo industrial del siglo XX: la durabilidad es un problema económico.

Brooks Stevens teorizó después la obsolescencia estética: no se trataba ya de fabricar objetos que se rompieran, sino de instalar en el consumidor el deseo de poseer algo un poco más nuevo antes de que fuera necesario. El blanco dejó de ser el producto para convertirse en el deseo.

Alfred Sloan industrializó esta intuición en General Motors: innovaciones reservadas para modelos futuros, gamas artificiales, cambios anuales de diseño para hacer parecer viejo el coche del año anterior. El objetivo no era el progreso técnico, sino el envejecimiento visible.

Todos comprendieron algo que la economía ortodoxa niega: en un sistema de crecimiento, el enemigo no es la escasez, sino la abundancia duradera. Un mundo de objetos que duran es un mundo donde la demanda se estabiliza y la máquina se desacelera. La obsolescencia programada es una respuesta capitalista al espectro de la suficiencia.

III. Taxonomía de la destrucción

Hoy la obsolescencia es más sofisticada. Opera en varios registros simultáneos y forma un sistema coherente de captura mediante destrucción.

La obsolescencia técnica o estructural se basa en materiales más débiles, ensamblajes permanentes, baterías pegadas, tornillos propietarios y piezas integradas. Su objetivo es hacer que reparar resulte más caro que reemplazar.

La obsolescencia del software es más insidiosa porque es inmaterial. El candado no está en el metal, sino en el código: actualizaciones demasiado pesadas, fin del soporte de seguridad, emparejamiento de piezas y bloqueo de reparaciones independientes.

La obsolescencia psicológica o de marketing no se dirige al objeto, sino al sujeto. Publicidad, redes sociales e influencers convierten el último modelo en marcador identitario. El objeto ya no es obsoleto porque no funcione; lo es porque el deseo ha sido desplazado.

Estas formas no son fallos aislados. Componen un sistema integrado de destrucción del valor de uso en beneficio del valor de cambio. El objeto no está hecho para durar ni para satisfacer, sino para ser sustituido.

IV. El culto a la performance: fragilidad organizada

Detrás de la obsolescencia programada se oculta una ideología normalizada: el culto a la performance.

Todo sistema —máquina, empresa, suelo agrícola o ser humano— debe ser optimizado para producir lo máximo con lo mínimo. La eficiencia se vuelve valor supremo. Lo robusto parece arcaico, la redundancia parece desperdicio y lo que dura más de lo estrictamente necesario se considera un coste injustificado.

Pero los ecosistemas nunca han cometido este error: un sistema maximamente eficiente es un sistema maximamente frágil. No tiene margen ni redundancia para absorber choques. Funciona al borde de la ruptura.

En la industria, la robustez implica diseñar objetos transmisibles, capaces de atravesar décadas. Este modelo existió y todavía existe en los márgenes: máquinas de coser familiares, muebles que duran generaciones, electrodomésticos antiguos que siguen funcionando.

Ese modelo entra en contradicción frontal con las exigencias de rentabilidad de los mercados financieros. Ahí está el núcleo del problema.

V. La financiarización: la mecánica profunda

Para entender la dificultad de combatir la obsolescencia, hay que observar la transformación del capitalismo desde los años ochenta: el paso del capitalismo industrial al capitalismo financiero.

En el modelo industrial, la empresa produce bienes útiles, emplea, innova a largo plazo y busca rentabilidad como condición de continuidad.

En el modelo financiarizado, la empresa se convierte en un vehículo de transferencia de riqueza hacia los accionistas. La producción deja de ser un fin y se vuelve un medio para maximizar el valor accionarial.

Recompras de acciones, dividendos y objetivos trimestrales desvían recursos que podrían financiar reparación, durabilidad, materiales robustos e innovación de largo plazo.

Cuando las empresas no innovan para hacer durar, innovan para hacer comprar de nuevo. La obsolescencia programada es la consecuencia racional de un sistema de incentivos orientado al corto plazo.

VI. Tecno-feudalismo y predación digital

En la economía digital, la financiarización se combina con una forma más sofisticada de extracción: el tecno-feudalismo.

Las plataformas dominan datos, algoritmos, sistemas operativos, mercados y efectos de red. No solo venden servicios: controlan infraestructuras y cobran renta por el acceso.

Los usuarios ya no son simples consumidores, sino sujetos atados a una gleba digital. Quien compra un smartphone no posee plenamente el objeto; posee una licencia precaria de uso, modificable unilateralmente por el fabricante.

La serialización de piezas transforma el derecho de propiedad en ficción jurídica. Usted posee el objeto, pero no puede repararlo o modificarlo sin permiso. Ya no es una transacción comercial: es una relación de sujeción.

VII. El escándalo silencioso

La obscenidad de este sistema no se mide solo económicamente. Se lee en los cuerpos y en los suelos.

Los residuos electrónicos, los metales raros, los humos tóxicos y los vertederos lejanos revelan lo que las cuentas de resultados ocultan. Una parte mínima se recicla correctamente; el resto se desplaza hacia territorios donde los pobres absorben el plomo, el mercurio y el cadmio que no aparecen en el PIB.

Estas son las externalidades negadas del sistema. No figuran en los balances de las marcas que venden los dispositivos. Se descargan sobre los cuerpos más vulnerables y los ecosistemas más frágiles.

Joseph Stiglitz lo resumió con claridad: la renta no llama a la innovación, sino al aumento de las desigualdades. Crea valor para unos pocos destruyendo condiciones de existencia para millones.

VIII. Resistencias: fragmentos de otro mundo

Existen resistencias. Son insuficientes, pero muestran una dirección.

Francia convirtió la obsolescencia programada en delito penal en 2015. El índice de reparabilidad obliga a mostrar la facilidad de reparación de un producto y evoluciona hacia un índice de durabilidad que incluye fiabilidad y vida útil del software.

Estas medidas cambian incentivos. Fairphone demuestra que un teléfono modular, reparable y trazable es técnicamente posible. El problema, por tanto, no es técnico, sino político.

La economía de la funcionalidad ofrece otro camino: no vender un neumático, sino kilómetros recorridos; no vender una lámpara, sino horas de luz. Si el fabricante conserva la propiedad del producto, tiene interés en hacerlo durar.

Una economía que fabrica para durar no es una economía que se estanca. Es una economía que se profundiza.

IX. Hacia una economía del equilibrio

La lucha contra la obsolescencia programada es una lucha por reapropiarse del tiempo largo: habitar objetos que no se nos escapen, transmitir bienes, recuperar soberanía material.

Exige atacar las causas profundas: la dictadura del valor accionarial, el cortoplacismo financiero y el régimen extractivo de la propiedad intelectual digital.

Aquí entra la cuestión monetaria. El dinero actual, creado mediante crédito bancario, exige expansión continua para pagar intereses. Un sistema monetario basado en deuda y crecimiento codifica presión hacia el corto plazo y la extracción.

Propuestas como NEMO IMS (NEgentropic MOney International Monetary System) imaginan una arquitectura en la que la creación monetaria se ancle no en la deuda, sino en la regeneración de los sistemas vivos y la restauración de los comunes naturales.

En tal sistema, construir para durar dejaría de ser un sacrificio económico y se convertiría en condición de creación de valor. La obsolescencia programada sería literalmente contraproducente.

Conclusión: sentido material contra abstracción devoradora

Hubo un tiempo en que fabricar bien era motivo de orgullo. La duración de una herramienta expresaba el cuidado de quien la hacía. La economía no era una abstracción financiera, sino la gestión concreta de un hogar, una comunidad y un territorio.

Tras décadas de financiarización hemos construido un sistema extremadamente eficiente para generar beneficios de corto plazo y críticamente frágil ante las crisis futuras. Destruye para vender de nuevo. Convierte la creación en predación.

Resistir la obsolescencia programada no es un simple combate de consumidores. Es un combate de civilización por el tiempo largo, el sentido material y la robustez de los ecosistemas humanos y naturales.

Pasar del ir hacia —crecimiento infinito y renovación perpetua— al vivir con —duración, suficiencia y reparabilidad— es recuperar una filosofía del tiempo que el capitalismo financiero quiso borrar.

Ella resiste en talleres de reparación, mercados de segunda mano, semillas campesinas y cooperativas que producen para servir. De esos fragmentos se construye el mundo posterior.

Jean-Christophe Duval

Compartir LinkedIn X / Twitter