Durante la crisis de la Covid, muchos de nuestros dirigentes se preguntaron qué haríamos con esa prueba. Unos años después, mientras la especulación se ha convertido en el barómetro de la salud de nuestras sociedades, ninguno de los problemas relativos a la economía real y a sus consecuencias sociales y ambientales ha sido resuelto.
La razón de este atolladero hay que buscarla en nuestra incapacidad para proponer los cambios institucionales necesarios para reconciliar las cuestiones económicas, ecológicas y sociales. En particular, la aplicación de nuestras políticas industriales ha permanecido inscrita en un marco que se ha vuelto inadecuado con la aparición de los retos ambientales.
Este texto propone una reflexión sobre las razones estructurales que impiden esa reconciliación y se interesa en particular por el realineamiento de los incentivos económicos con los grandes retos ambientales que se nos presentan.
I – Considerar las propuestas bioeconómicas
Históricamente, la ciencia económica moderna se construyó mediante emancipaciones sucesivas respecto de su vínculo con las ciencias morales. Fue con lo que se dio en llamar la escuela neoclásica (a finales del siglo XIX) cuando encontró, en la mecánica racional, los fundamentos epistemológicos y metodológicos que debían hacerla entrar en el campo de las ciencias. Así se convirtió en una disciplina científica cada vez más abstracta y formó el marco en el que se construyó lo esencial de nuestras representaciones de un crecimiento «sin suelo».
Y sin embargo, ya desde los años 1970, esa representación podría haberse cuestionado con la aparición de un ciclo de crisis (todavía en curso) y la publicación del informe Meadows (1972), que ponía de relieve los vínculos entre actividad, recursos naturales y demografía. Se abrió un debate, pero se cerró rápidamente con el verdadero tour de force mediante el cual los economistas integraron en el modelo estándar la restricción cada vez más evidente de la degradación de la biosfera. Al proponer el concepto de «capital natural» como representación del stock de recursos ofrecido por el planeta, en pie de igualdad con el trabajo y el capital técnico, la naturaleza quedó integrada en la teoría de la producción neoclásica, que pasó a ser: Q = f(L, KT, KN)1. A partir de entonces, los recursos naturales se volvieron perfectamente sustituibles por los demás factores (siempre que los mercados funcionen bien). En consecuencia, si el capital natural escasea (y por tanto aumenta su precio relativo), resulta pertinente reemplazarlo por uno de los otros dos factores, ahora más competitivo, para mantener el flujo de producción. Así, superada la cuestión de los límites planetarios, la perspectiva de un crecimiento continuo pudo volver al centro de los modelos de previsión. Es esta hipótesis de perfecta sustituibilidad la que justifica lo que se llama «tecnosolucionismo», considerado hoy la solución milagro a ojos de la economía estándar.
Hay que reconocer que, durante todo este periodo, la mayoría de los economistas ignoraron las enseñanzas de The Entropy Law and the Economic Process [Georgescu-Roegen, 1971]. En ese libro, el autor describió el error fundamental del pensamiento económico estándar: la ciencia económica se construyó dentro del paradigma mecanicista (Newton-Laplace), en una época en que la aparición de la biología evolutiva y la revolución termodinámica introducían otros paradigmas que transformaban la visión del devenir de la naturaleza, del tiempo irreversible y del cambio cualitativo en el seno de la economía.
Los trabajos de Georgescu-Roegen se apoyan en una visión física del proceso de producción, en la que la materia y la energía ocupan un lugar central. Sus tres proposiciones principales son: 1/ la producción de bienes y servicios se basa en la transformación de flujos de materia y energía; 2/ la materia y la energía están sometidas a los principios de la termodinámica; 3/ la teoría de la producción se inscribe en un marco termodinámico. En consecuencia, si la termodinámica constituye el marco de la renovación de la teoría de la producción, entonces esta queda sometida a sus dos principios esenciales. Primero, el principio de conservación, que establece que la energía se conserva cuando cambia de forma (nada se pierde, nada se crea, todo se transforma). Después, el principio de entropía, según el cual las transformaciones van en el sentido de una degradación cualitativa de la energía. Extendiendo estos principios a la materia, Georgescu-Roegen propuso una teoría nueva —la bioeconomía— en la que la economía queda reincrustada en su entorno físico (la biosfera).
Proponer una nueva función de producción «bajo la restricción de los recursos naturales». Su propuesta consiste en distinguir los factores flujo de los factores fondo. Los factores flujo son principalmente los recursos naturales (R) por el lado de los insumos, y los productos (Q) y las externalidades (W) por el de los productos. Según el principio entrópico, estos factores flujo se degradan cualitativamente sea cual sea la forma que adopten. Los segundos, que son los agentes de la transformación, son la tierra (T), el capital técnico (K) y el trabajo (L). Esta nueva función de producción puede escribirse así: Q = f(R, W ; K, L, T). Inspirada en una propuesta de Antoine Missemer (2013), podemos representarla como se muestra arriba.
El punto clave de esta propuesta metodológica no consiste simplemente en añadir flujos físicos a los factores de producción tradicionales —el capital y el trabajo—, sino en la visión de la relación que une lo que Georgescu-Roegen llama factores flujo y factores fondo. En la función de producción bioeconómica, la energía y las materias son recursos primordiales, indispensables para la existencia misma de los medios de producción. Para construir las instalaciones técnicas es preferible disponer de materiales de buena calidad a precios competitivos, y lo mismo ocurre con la energía. La productividad del trabajo depende en parte de las condiciones en que ese trabajo se realiza (aire, agua, alimentación, temperatura, etc.). Esto lleva a la conclusión de que los recursos naturales no están ligados a los demás factores por una relación de sustituibilidad, sino de complementariedad. En consecuencia, ¡si unos se debilitan, los otros sufrirán las consecuencias!
Con la revolución conceptual bioeconómica, Georgescu-Roegen abre nuevas perspectivas para adaptar la economía política a las realidades de nuestro mundo físico. La cuestión ya no parece ser la de una regulación del modelo estándar, sino la del basculamiento hacia un nuevo modelo productivo, un modelo menos entrópico.
II – Pasar del crecimiento (producir más) al desarrollo (producir mejor)
Al subrayar la naturaleza biológica de los procesos económicos, Alfred Marshall ya había percibido la necesidad de tener en cuenta los avances de la biología evolutiva, en particular cuando se interrogaba sobre el concepto de medio industrial. Pero esa intuición apenas fue retomada después. Solo Schumpeter, con su concepto de destrucción creadora —similar a un proceso de mutación-selección—, se aproximó a ella [Missemer, 2013]. También aquí fue Georgescu-Roegen quien propuso inscribir la disciplina económica en los pasos de la biología evolutiva. En ese marco, la economía no puede ignorar lo que constituye la esencia misma de los fenómenos biológicos: los cambios de naturaleza y de estructura de los organismos. La bioeconomía se dedicará a adaptar estos principios a las características de la economía y a extraer de ellos cinco enseñanzas principales [Bonaiuti, 2014].
1. Una variación de tamaño en una estructura biológica entraña una modificación cualitativa de la forma del organismo. En contradicción con las reivindicaciones de la economía estándar, el estudio de los cambios de escala de los sistemas sociales muestra que puede hacerse la misma observación [Venet, 2019]. En consecuencia, y en un contexto estructuralmente diferente, la política económica no debe buscar restablecer una situación anterior.
2. Nuevos tipos de propiedades emergen con cada aumento de complejidad, y la comprensión de esas propiedades no puede deducirse de la observación del nivel inferior. Cuando el contexto ha cambiado (la entrada en una situación de poscrecimiento, por ejemplo), los modos de regulación deben adaptarse.
3. Los sistemas vivos buscan un compromiso entre varios fines. En el mundo de lo vivo, una vez alcanzado cierto tamaño, las especies y los sistemas tratan de regular/estabilizar su estado. Para ello actúan sobre varias variables. Al contrario de la sola maximización del beneficio para el productor, en la teoría bioeconómica es la búsqueda de fines múltiples lo que caracteriza la racionalidad del productor.
4. La competencia por sí sola no es la mejor solución para alcanzar los fines. En un contexto de expansión, los sistemas vivos entran generalmente en competencia. En cambio, en un contexto estacionario, la búsqueda de equilibrio integrará la cooperación en lugar de la simple confrontación. Contrariamente a la afirmación de la teoría estándar, en un contexto estacionario la competencia pura y perfecta no produce necesariamente resultados óptimos.
5. Los sistemas vivos tienen la capacidad de formar una representación compartida de su entorno. Esta les permite reaccionar ante distintas señales. Al igual que los demás sistemas vivos, pero a un nivel superior de interpretación, los sistemas sociales son capaces de utilizar esa información para emprender acciones comunes destinadas a modificar su entorno (en un sentido tanto positivo como negativo).
Sobre estas bases, y para afrontar el inmenso reto del renacimiento industrial de nuestro país, la bioeconomía ofrece un marco conceptual potente del que emergen cinco grandes principios que forman un método que llamaremos «permaindustrial».
- El reemplazo en lugar del aumento. La ralentización del proceso entrópico pasará por reemplazar las técnicas, productos y procesos que se han vuelto inadecuados por soluciones acordes con el contexto bioeconómico. La empresa permaindustrial desarrolla así una estrategia de sustitución y ya no de aumento.
- La renovación de la racionalidad del productor. En un mundo cada vez menos previsible y siempre más complejo, la empresa buscará sistemáticamente las combinaciones productivas que le permitan construir el valor añadido sistémico (económico, social y ambiental) más alto, y ya no una simple maximización del beneficio. En este enfoque, esos desempeños, lejos de oponerse, son complementarios y se acumulan para formar una ventaja competitiva.
- El cambio de nivel de análisis. Retomando el concepto de «competencias adaptativas» propuesto por la biología evolutiva, la permaindustria establece como base que es en el nivel mesoeconómico donde la dinámica industrial toma forma y se desarrolla2. Es en este nivel, y de manera colectiva, donde se instauran los nuevos marcos de innovación garantes del desempeño colectivo. La empresa permaindustrial privilegia la densidad y la riqueza de las interacciones en el seno del medio innovador en el que opera.
- La circularización de las cadenas de valor. A contracorriente del enfoque lineal y globalizado, los ecosistemas permaindustriales privilegian una organización circular tan territorializada como sea posible.
- La sobriedad tecnológica y financiera. El estatuto específico de los recursos primordiales que son la energía y las materias —y por tanto su no sustituibilidad dentro de la función de producción— impone un principio de sobriedad en su uso. En coherencia con la renuncia al principio de aceleración, el modelo permaindustrial privilegia el diseño de soluciones que favorecen la resiliencia antes que la complejidad, y la soberanía del uso antes que la dependencia.
Este modelo permaindustrial, que combina soberanía, cohesión social y respeto de los límites ambientales, parece dotado de las características necesarias para ser un motor del renacimiento industrial deseado por nuestros responsables. Y sin embargo, hay que reconocer que hoy no ocupa más que un lugar muy modesto en nuestro sistema productivo. Las razones de esta extraña situación hay que buscarlas en un sistema de valoración que sigue negando el carácter entrópico de nuestra economía.
III – Comprender la contradicción insuperable del tecnocapitalismo especulativo
La dimensión física del proceso de producción obliga a prestar atención a los flujos de materia y energía que permiten la elaboración del producto final. Como consecuencia del primer principio de la termodinámica, sus «insumos naturales» se encontrarán en la misma cantidad al final del proceso. Pero su forma habrá cambiado, pues, debido al segundo principio, se encontrarán en una forma cualitativamente degradada respecto de los recursos iniciales: serán, a la larga, o bien residuos, o bien contaminaciones. Esta degradación continua y acelerada aparece como una causa mayor de la sucesión de crisis que confrontan cada vez más nuestras ambiciones de crecimiento.
La perspectiva de un aterrizaje suave parece alejarse a medida que la economía dominante sigue negando su carácter entrópico. Pero ¿puede comprenderlo, cuando esa misma economía sostuvo el advenimiento del capitalismo especulativo desde principios de los años 1980, lo que arrastró al conjunto de nuestras sociedades a la trampa de la deuda? Esta nueva forma de capitalismo se apoya en un cambio radical en la manera de financiar la economía a través de los mercados financieros. Sobre todo, el dinero se desvía cada vez más de la economía real para invertirse en actividades especulativas, lo que llevó al Institut de recherche et d'informations socioéconomiques de Montreal a afirmar: «En la lógica financiera, el capital ya no tiene que pasar por el rodeo de la producción para fructificar; su simple circulación engendra una creación de capital nuevo. (…) Es la especulación la que hace aumentar el valor de un activo». Ahora bien, la especulación y la aceleración económica están íntimamente ligadas. Cuanto más elevados son los importes a reembolsar, más crecimiento se necesita para hacerlo.
Este principio de aceleración dibuja una nueva forma de organización económica. Tradicionalmente, para hacerse rico en los negocios había que construir una empresa que generara beneficios que luego se compartirían con los accionistas. Hoy en día, convertirse en una empresa rentable se ha vuelto una etapa facultativa: los capitalistas de riesgo y los fundadores ya ni siquiera intentan crear proyectos duraderos, su objetivo es construir una promesa que encuentre un comprador. El modelo de la start-up es emblemático del principio de aceleración del endeudamiento que caracteriza este nuevo mundo. Ese mismo principio de aceleración se encuentra del lado del consumo, lo que explica la introducción de nuevas tecnologías destinadas a hacernos ganar tiempo [Vignes, 2021]. En suma, cuando los ritmos alcanzan tal velocidad, el ser humano ya no puede seguir; es entonces el turno de la máquina de entrar en juego. Así, la aceleración justifica el advenimiento de tecnologías nuevas (antes inútiles) como la IA. Pero estas inversiones cuestan muy caro, de modo que hay que endeudarse cada vez más para seguir el ritmo. El círculo se cierra.
Ahora bien, en un contexto termodinámico esta aceleración no es sostenible. ¿Podemos contar con la racionalidad de los agentes para tomar las decisiones que se imponen (es decir, frenar)? Evidentemente no, porque las empresas están atrapadas por la deuda. La decisión racional es seguir creciendo, siempre más rápido, generar cada vez más flujo de caja para reembolsar a los acreedores y remunerar a los accionistas. No pueden hacer otra cosa, porque pocos incentivos las conducen a actuar de otro modo. Jean-Christophe Duval (2026), retomando las palabras de Ronald Coase, nos recuerda que la racionalidad del productor lo llevará siempre a crecer (y por tanto a contaminar) porque es el medio menos costoso de producir y de gestionar sus residuos, en un sistema de precios que nunca factura el proceso entrópico. Las crisis ambientales que hoy son nuestro día a día son la consecuencia racional de un sistema de precios que invisibiliza la entropía, o más bien que transfiere sus costes a los poderes públicos. Estos deben endeudarse cada vez más para asumirlos. Así es como los proyectos más generadores de entropía (petróleo, centros de datos gigantes, IA, etc.) son también los que atraen más capitales. Dicho de otro modo, la economía lineal altamente entrópica será estructuralmente siempre más rentable y competitiva que la economía permaindustrial (de menor impacto).
Superar esta contradicción —que lleva al productor a tener interés en contaminar antes que en ser virtuoso— aparece como la gran cuestión planteada a nuestras políticas económicas. Responder a ella pasará necesariamente por la puesta en marcha de un dispositivo de incentivación capaz de orientar a los productores hacia soluciones alineadas con los retos ambientales.
IV – Alinear los incentivos económicos con la integridad ambiental
En la época del capitalismo industrial, el capital financiero era escaso. Cincuenta años después, la naturaleza de las escaseces en la economía ha cambiado radicalmente. El capital financiero es ahora sobreabundante, mientras que los recursos naturales menguan cada vez más rápido. Hay que tomar nota de ello y poner esa nueva abundancia financiera al servicio del reto existencial que es la reincrustación de la economía en su entorno natural. Este proyecto es al menos tan transformador como lo fue la gran desregulación financiera iniciada por los Estados Unidos de Ronald Reagan a principios de los años 1980. Se trata de un proyecto a largo plazo, que corresponde a decisiones como mínimo continentales, incluso mundiales. La urgencia no puede acomodarse a esos plazos, por lo que —y para iniciar el movimiento— proponemos un método pragmático que consiste, para empezar, en utilizar una herramienta existente: los mercados de carbono voluntario (MCV), posicionándolos como financiador de primer rango de nuevas cadenas «de baja entropía».
Para ello, estos MCV deberán reforzar su credibilidad en materia de integridad ambiental y dar un lugar significativo a los modelos industriales comprometidos con la reducción de emisiones en origen.
i. Restaurar la confianza en los mercados de carbono voluntario. Este mercado puede considerarse un marco en el que una demanda de reducciones de emisiones se encuentra con una oferta de reducciones de emisiones. Concierne así a todos los actores que, de una manera u otra, tienen interés en la reducción de las emisiones de GEI. En este mercado se intercambia un instrumento financiero: el crédito de carbono (CC), que corresponde a 1 t de CO2eq secuestrada o evitada. Estos mercados han conocido una expansión rápida, impulsada por los compromisos de neutralidad climática. Pero hoy su integridad ambiental es cuestionada por numerosos estudios [AFD, 2025; Chen Teo et al., 2023; Guizar-Coutiño et al., 2022; A.-P. West et al., 2020]. La causa es la fuerte incertidumbre en cuanto al valor ambiental real de los proyectos generadores de CC. Ahora bien, ese valor determina el precio que, como en todos los mercados, establece el vínculo entre compradores y vendedores. Además, ese valor se ve debilitado por la incertidumbre que rodea a las políticas climáticas. En suma, y tal como están las cosas, compradores y vendedores tienen incentivos para privilegiar CC baratos aunque los impactos de los proyectos afectados sean limitados, inciertos en el tiempo y difícilmente medibles. Así, el mercado tiende a expulsar los créditos de mejor calidad ambiental (y por tanto más caros) en favor de créditos de menor calidad pero baratos, que se vuelven progresivamente dominantes, erosionando la confianza general. Para restablecer esa confianza, nos parece necesario actuar sobre las tres fragilidades principales de estos mercados.
La primera está ligada al diseño mismo del mercado. Lo esencial de los CC intercambiados se basa en escenarios de referencia inciertos, y sus complejas características biofísicas dificultan su evaluación respecto de los principales criterios de integridad, como la adicionalidad, la verificación o la permanencia [AFD, 2025]. La segunda proviene del hecho de que, en estos mercados, la asimetría de la información es estructural, lo que hace que la calidad de los CC sea difícilmente observable, tanto antes como después del intercambio. ¿Qué cliente de una compañía aérea se preocupa por la realidad de la reforestación a la que habrá contribuido? Además, el comprador y su modelo económico rara vez se ven afectados por el fallo del bien adquirido, lo que limita sus incentivos para exigir una calidad elevada. La tercera tiene su origen en las características globalizadas y sobre todo ya financiarizadas de estos mercados. En ellos intervienen intermediarios que impiden toda relación entre oferentes y demandantes de reducción de emisiones. En estos mercados donde reinan la inconsecuencia y la lejanía, los vendedores y los intermediarios tienen interés en maximizar los volúmenes intercambiados, y no necesariamente la calidad de los créditos.
Por lo tanto, parece claro que el diseño de estos mercados no puede reducirse al marco neoclásico, cuyas hipótesis —información perfecta y anticipación cierta— son inoperantes. Exige una reconfiguración institucional profunda destinada, en primer lugar, a acercarlos a la «economía real». Esta reconfiguración debe privilegiar la legibilidad del vínculo entre compradores (emisores de CO2) y vendedores (ahorradores de CO2) e inscribirse en una lógica de cooperación al servicio de un interés general (la soberanía industrial de un territorio, por ejemplo). Desde esta perspectiva, la creación de mercados de carbono territorializados e interconectados aparece como una vía capaz de restaurar esa confianza debilitada por la baja calidad de los créditos intercambiados y, sobre todo, de reinscribirlos en objetivos de políticas públicas nacionales y territoriales. A imagen de las cooperativas de carbono que empiezan a nacer en Francia, el desarrollo de plataformas de intercambio de carbono que vinculen en la proximidad a demandantes y oferentes de reducción de emisiones debe permitir corregir algunas de las fragilidades actuales (integridad, inconsecuencia, intermediación, asimetría de información).
Además de los oferentes y demandantes, la participación de las distintas partes interesadas (públicas y privadas) en la gobernanza de estas plataformas permitiría asegurar la coherencia entre estos mercados y las políticas locales. Por otra parte, dado que el desarrollo de estas instituciones está ligado a la capacidad del sistema industrial local para generar cada vez más CC de calidad, estas plataformas tendrían un papel mayor que desempeñar en el desarrollo de cadenas de valor permaindustriales en su territorio.
Al sostener las actividades de baja entropía, estos MCV territorializados formarían así una respuesta institucional a los retos de sobriedad de nuestras actividades productivas. Pero la pertinencia de esta respuesta reposa sobre otra transformación, interna a estos mercados: la de la jerarquía de las soluciones de descarbonización.
ii. Privilegiar las soluciones de evitación para tratar el problema del carbono en origen. A día de hoy, la contabilidad de las emisiones de carbono se inscribe en los tres perímetros (scopes) siguientes:
- Scope 1: las emisiones directas de la empresa.
- Scope 2: las emisiones indirectas ligadas a la energía.
- Scope 3: las demás emisiones indirectas (dentro de la cadena de valor).
Cabe observar que en los tres casos son los procesos (más o menos contaminantes) los que se interrogan, y en modo alguno el carácter más o menos entrópico de la solución que la empresa pone en el mercado. Así, en el extremo, una empresa cuyo modelo económico (ultradesechable, por ejemplo) fuera en sí mismo factor de alta entropía podría mostrar grandes progresos en materia de emisiones de carbono cambiando de proceso, por ejemplo, al tiempo que acelera la puesta en el mercado de productos poco duraderos, cada vez más numerosos y por tanto generadores de cada vez más residuos o contaminaciones de toda índole. Es exactamente el objeto de la controversia actual que enfrenta a la justicia con el grupo TotalEnergies acerca de la consideración de las emisiones de CO2 de sus clientes.
Para superar este problema, desde hace algunos años y por iniciativa del GHG Protocol, ha surgido la idea de un Scope 4 ligado al uso de bienes y servicios bajos en carbono. Se trata de las emisiones evitadas mediante el uso de un producto de bajo impacto entrópico en reemplazo de otro de impacto más elevado. En este marco, son los usuarios de la solución quienes ven disminuir sus emisiones respecto de las que utilizaban anteriormente. Complementarias de las acciones que las empresas emprenden para reducir sus emisiones directas e indirectas, estas soluciones recaen sobre la oferta de la propia empresa. Sobre todo, frente a la lógica de secuestro, esta solución no busca corregir un problema, sino impedir que ocurra.
En este enfoque, la empresa se ve como un actor responsable respecto de las soluciones que produce y comercializa. En este sentido, el concepto de emisiones evitadas aparece más sistémico y transformador. El escaso reconocimiento actual de esta lógica de evitación del carbono se justifica a menudo por cuestiones metodológicas de cálculo y de respeto de los criterios de integridad. Pensamos que, en ambos puntos, esa afirmación es discutible. Comparadas con las emisiones secuestradas, las emisiones evitadas resultan mucho más robustas en materia de evaluación porque, por definición, la reducción de las emisiones se establece por comparación con una situación existente (la que será reemplazada), lo que no ocurre con la configuración de secuestro, que razona sobre un escenario de referencia hipotético. En cuanto a los criterios de integridad, ninguno parece plantear problemas insuperables. La adicionalidad se respeta en el sentido de que, sin la movilización de los CC, la solución nueva sería difícilmente competitiva, como hemos mostrado más arriba. Del mismo modo, los criterios de permanencia y de verificabilidad no deberían plantear dificultades particulares, puesto que se trata de soluciones industriales documentables y auditables en todo momento. Añadamos otra ventaja comparativa: la evitación del carbono tiene un efecto inmediato (el carbono no se envía a la atmósfera), mientras que los proyectos de secuestro solo producen sus efectos varios años —incluso varias décadas— después. Un último punto nos parece importante: el del efecto rebote, que podría contrarrestar los beneficios primarios de la evitación. Es aquí donde reside todo el interés del modelo permaindustrial que, por naturaleza, está construido sobre una visión de reemplazo y no de aumento.
En Francia, la tercera fase de la estrategia nacional baja en carbono (SNBC 3) define una trayectoria de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero hasta alcanzar la neutralidad de carbono en 2050. El cumplimiento de estos objetivos, cada vez más exigentes con el tiempo (reducción de las emisiones del 5 % anual), impone activar distintas palancas, entre las que deben figurar estos nuevos MCV territorializados, capaces de hacer circular el dinero entre los demandantes y los oferentes de reducciones de emisiones, unidos en la ambición de desarrollar soluciones susceptibles de ralentizar el efecto entrópico inherente a las actividades industriales en un territorio dado.
Presentes por todo nuestro territorio e interconectados, estos MCV de nueva generación podrán tener una influencia mucho más amplia, mucho más sistémica y, sobre todo, mucho más capaz de realinear las políticas económicas locales con los retos ambientales que muchas políticas económicas que siguen inscritas en un modelo neoclásico superado.
Notas
Bibliografía
- (2025). Marchés carbone : quels rôles pour les acteurs publics, privés et multilatéraux ?, informe técnico.
- (2011). From Bioeconomics to Degrowth. Georgescu-Roegen's "New Economics" in Eight Essays, Routledge Studies in Ecological Economics.
- (2023). Uncertainties in deforestation emission baseline methodologies and implications for carbon markets, Nature Communications.
- (2026). L'Économie de l'équilibre. Monnaie, finance et limites planétaires, Debunk'Onomy.
- (1971). The Entropy Law and the Economic Process, Harvard University Press.
- (2022). A global evaluation of the effectiveness of voluntary REDD+ projects at reducing deforestation and degradation in the moist tropics, Conservation Biology.
- (1972). The Limits to Growth, Chelsea Green Publishing.
- (2013). Nicholas Georgescu-Roegen, pour une révolution bioéconomique, ENS Éditions.
- (1942). Capitalismo, socialismo y democracia, ed. francesa Payot, 2025.
- (2019). La désindustrialisation comme vecteur de vulnérabilité territoriale, Populations vulnérables, OpenEdition Journals.
- (2019). L'Impasse. Étude sur les contradictions fondamentales du capitalisme moderne et les voies pour les dépasser, Citizen Lab.
- (2021). L'accélération technocapitaliste du temps. Essai sur les fondements d'une économie des communs, Éd. R&N.
- (2020). Overstated carbon emission reductions from voluntary REDD+ projects in the Brazilian Amazon, PNAS.
Renaud Vignes
