Antes de continuar, déjenme plantear una pregunta que puede parecer provocadora: ¿y si nuestra crisis ecológica no fuera primero una crisis de comportamientos, sino una crisis de arquitectura? No una crisis de voluntad, sino una crisis de concepción. No un problema de frenos insuficientes, sino la ausencia estructural de frenos en el propio motor de nuestra economía.
Esta es la tesis que he venido defendiendo durante años y que articulo en L'Économie de l'Équilibre: el sistema monetario actual es intrínsecamente degenerativo. No puede ser reformado en los márgenes. Debe ser repensado en su arquitectura fundamental.
La moneda bancaria: un motor diseñado para acelerar
Para entender por qué hablo de degeneración, hay que volver al mecanismo más cotidiano —y menos conocido— de nuestra vida económica: la creación monetaria.
Cuando un banco comercial le concede un préstamo, no recurre a depósitos preexistentes. Crea dinero escritural ex nihilo —literalmente de la nada— y lo registra simultáneamente en su activo (su deuda) y en su pasivo (su cuenta). No es una teoría conspirativa: es la mecánica contable descrita por los propios bancos centrales.
Este simple mecanismo desencadena tres maldiciones estructurales:
Maldición n°1: La deuda, el interés compuesto y la metáfora de los agujeros.
Cuando un banco crea dinero mediante el crédito, imagine que cava un agujero. Ese agujero es la deuda. Las paladas de tierra que salen del agujero, por encima del nivel del suelo, son el dinero —el flujo de caja inyectado en la economía. El mecanismo es elegante en su lógica contable: el flujo de unos permite el reflujo de otros.
Pero añada el interés compuesto y todo se derrumba. Con cada palada, se extrae un puñado de tierra para remunerar a los ahorradores, los accionistas, alimentar los paraísos fiscales. Esta tierra nunca vuelve al circuito. Para compensar esta fuga, hay que cavar agujeros nuevos, cada vez más grandes. El sistema no puede permanecer estable: está condenado a la expansión permanente.
Nos obligamos a cavar agujeros cada vez más profundos en la naturaleza para colmar agujeros cada vez más grandes en nuestros libros contables.
La deuda no es una simple anotación contable. Es una promesa, una obligación: la de encontrar mañana en la naturaleza con qué respaldarla con activos tangibles. Cada interés a pagar equivale a petróleo que bombear, minerales que extraer, bosques que talar. Es el mito económico de Sísifo —una maldición absurda y eterna en la que la humanidad se obliga a saquear la naturaleza para tener éxito económico.
Maldición n°2: Los bucles de retroalimentación y el desacoplamiento imposible.
La segunda maldición se deriva directamente de la primera. Puesto que todo dinero nace de una obligación de rentabilidad, y puesto que en el sistema actual la rentabilidad reposa sobre la extracción, no existe ningún acto económico neutral.
Y Gaia dijo a los hombres: es vano curarme con una moneda que extraes de lo más profundo de mis heridas.
Maldición n°3: El nudo gordiano — deudas financieras contra deudas planetarias.
Saldar nuestras deudas con la naturaleza solo agrava nuestras deudas financieras.
A la inversa, saldar nuestras deudas financieras agrava nuestras deudas con la naturaleza.
La deuda no es solo una cifra en una pantalla. Es una hipoteca sobre la biosfera.
¿Es único este sistema? No, pero es dominante y estructurante.
El sistema actual —basado en la creación bancaria privada con interés, operando a escala planetaria— no es una fatalidad natural. Es una elección histórica, institucionalizada a lo largo de los siglos, consolidada por la desregulación financiera del siglo XX, y hoy tan dominante que se ha vuelto invisible. Como el agua para el pez.
¿Un mundo sin dinero? Cuidado con tirar al niño con el agua de la bañera.
El dinero, en su principio, es una tecnología social extraordinaria. Lo que tiene el problema no es el dinero. Es la arquitectura del sistema en el que circula.
La pregunta no es: ¿hace falta dinero? La respuesta es sí. La pregunta es: ¿qué dinero, creado cómo, emitido por quién, para servir a qué?
El coche sin frenos, una metáfora que funciona.
No concibo el dinero como energía. Es un vector y orientador de los deseos y motivaciones humanas. La arquitectura monetaria importa porque no produce nada, pero lo orienta todo.
El carburante es el dinero. Hoy, creado casi exclusivamente por la deuda bancaria. El motor es la arquitectura de difusión monetaria. El aceite son los dispositivos macroprudenciales.
Este vehículo no tiene frenos, y si su motor está diseñado para que el dinero sea el vector de la extracción, el vehículo siempre acelerará hacia las actividades más degenerativas.
El coche circula a gran velocidad hacia los límites planetarios. Y, encerrados en nuestras creencias dogmáticas, nadie inventa un sistema de frenado real ni una arquitectura de motor capaz de disipar el carburante (el dinero) a medida que disipa lo real (los ecosistemas).
NEMO IMS: reconstruir el vehículo con frenado integrado
NEMO IMS propone un carburante de doble canal, una arquitectura disipativa con tuberías orientadas, y frenos integrados en el motor: el demurrage diferencial. A cada transacción, una fracción del dinero se retira del circuito. Esta retirada es diferencial según el impacto ecológico de la actividad.
NEMO IMS: lo que este nuevo vehículo hace posible
El canal Yin de NEMO IMS permite monetizar lo que llamo lo esencial insolvable: todo lo que el mercado descuida porque no genera retorno a corto plazo. NEMO IMS crea las condiciones de un mundo donde cuanto menos se destruye, más se merece.
Cambiar el dinero es cambiar el mundo
El desafío mayor del siglo XXI. Y ese es el sentido de NEMO IMS.
Jean-Christophe Duval