Trabajo, finanzas, crecimiento — La Santa Trinidad del capitalismo

Por qué y cómo los medios se convirtieron en fines

Desde hace más de dos siglos, el debate económico gira en torno a tres palabras que se presentan como evidencias: el trabajo, las finanzas y el crecimiento.

El trabajo sería la fuente de toda riqueza. Las finanzas aportarían los capitales necesarios para la inversión. El crecimiento garantizaría el progreso colectivo. Estas tres afirmaciones forman una suerte de dogma compartido, una gramática común a corrientes políticas que se oponen en casi todo lo demás. Se puede ser de izquierda o de derecha, socialista, keynesiano o liberal: al menos se coincide en venerar estos tres pilares.

Cuestione uno solo de ellos, y de inmediato se le acusará de querer destruir la economía. El vocabulario mismo delata este estatus sagrado: se habla de «defender el empleo», de «tranquilizar a los mercados», de «recuperar el crecimiento». Otras tantas fórmulas que tratan los medios como si fueran fines en sí mismos, divinidades a las que hay que apaciguar.

Sin embargo, esta Santa Trinidad reposa sobre una confusión fundamental.

El trabajo no es un fin. Las finanzas no son la riqueza. El crecimiento no es el progreso.

No son más que medios para el advenimiento de cierto tipo de sociedad. O más bien, para el mantenimiento de un orden social. La ceguera paradigmática y ese orden social se sostienen mutuamente.

Esta frase parece anodina. Es en realidad el punto de inflexión de todo el razonamiento. Pues un medio y un fin no obedecen a las mismas reglas. Un medio se juzga por su capacidad de producir un resultado; en cuanto aparece un medio mejor, se lo abandona sin pesar. Un fin, en cambio, se persigue por sí mismo. Confundir ambos es condenarse a defender instrumentos vueltos inútiles, y a sacrificar los objetivos que estaban destinados a servir. Es exactamente lo que hace nuestra economía.

El trabajo no es un fin

Nadie sueña con trabajar más.

En teoría, trabajamos para satisfacer necesidades: alimentarnos, alojarnos, cuidarnos, aprender, crear, amar, proteger nuestro entorno. El trabajo es el camino, nunca el destino. Si una tecnología permite obtener el mismo resultado con la mitad de trabajo, eso es, en toda lógica, un progreso. El tiempo así liberado podría dedicarse a otra cosa: al cuidado, a la creación, a los vínculos, o simplemente al descanso.

Y sin embargo, nuestro sistema considera a menudo la desaparición de un empleo como una catástrofe, incluso cuando esa desaparición resulta de una mejora de la productividad.

Hemos terminado por defender el trabajo en lugar de lo que permite obtener.

Esta contradicción no tiene nada de irracional. Tiene una causa estructural. En nuestras sociedades, el acceso a los bienes y servicios pasa casi exclusivamente por el ingreso, y el ingreso pasa casi exclusivamente por el empleo. Perder el trabajo no es, pues, perder una ocupación: es perder el derecho de acceso a la existencia material. Lo que amenaza a las personas no es la automatización en sí misma, sino la soldadura entre la distribución de la riqueza y el empleo asalariado.

Esa soldadura produce un efecto perverso. Como el ingreso depende del empleo, se vuelve racional preservar el empleo por sí mismo, incluso cuando su utilidad real se desvanece. Se multiplican entonces las actividades cuya única función es hacer girar el circuito de distribución: tareas administrativas que se autojustifican, procedimientos que entorpecen más de lo que protegen, empleos creados para ocupar antes que para producir. Defendemos el medio contra el fin, el instrumento contra su objeto.

El problema, por tanto, no es moral. No se trata de gente que amaría trabajar demasiado, ni de una pereza que combatir. Se trata de una arquitectura que ata mecánicamente la supervivencia individual a la existencia de un empleo, y que convierte así toda liberación del tiempo de trabajo en una amenaza en lugar de una conquista. Mientras esta arquitectura perdure, el pleno empleo seguirá siendo un objetivo político, cuando no debería ser más que un medio entre otros al servicio de un fin más alto: que cada quien pueda vivir con dignidad.

Discurso de la servidumbre alimentaria

Por más que sea usted un excelente cazador: si todos los territorios de caza se han convertido en bienes de unos pocos propietarios, lo único que podrá hacer en adelante es firmar un contrato para ganarse los medios de su subsistencia. A partir de entonces, ya no tomará una pieza de vez en cuando para las necesidades de su propia casa, sino que abatirá el mayor número posible para enriquecer el comercio de otro.

Cuando el acceso directo a los recursos vitales desaparece en favor de un régimen de propiedad exclusiva, cada quien se ve obligado a vender su fuerza de trabajo para acceder a lo que la naturaleza proporcionaba antaño directamente. El contrato de trabajo se vuelve entonces menos una elección que una condición de acceso a la subsistencia. Esta dependencia económica constituye una de las bases estructurales del capitalismo.

La palabra justa puede entonces pronunciarse: ese régimen que hace que el acceso a la vida dependa de un contrato es una servidumbre. No una servidumbre de derecho, impuesta por la fuerza, sino una servidumbre de hecho, nacida de la privación de alternativa. La propiedad privada de los recursos vitales y la captación del excedente no son sus excesos: son su cimiento.

Las finanzas no son la riqueza

Los mercados financieros dan la impresión de que la riqueza es creada por el dinero mismo. Las cotizaciones suben, las carteras se inflan, las fortunas se hacen y se deshacen en segundos. Todo ocurre como si el valor naciera de la circulación de los capitales.

En realidad, ningún euro alimenta a una persona, construye una casa o hace crecer un árbol. El dinero no es más que un sistema de información que permite coordinar actividades humanas. Es un lenguaje, una promesa, un asiento contable que organiza quién debe qué a quién. Un lenguaje no se come; una promesa no cobija a nadie. La riqueza real son las cosechas, las viviendas, los cuidados, los saberes, los ecosistemas sanos, y no las cifras que pretenden representarlos.

Cuando las finanzas se vuelven un fin en sí mismas, acaban desviando los recursos hacia la especulación antes que hacia la satisfacción de las necesidades reales. La economía se pone entonces al servicio de los balances financieros en lugar de servir a la sociedad. Lo hemos visto en cada gran crisis: sumas colosales circulan, se valorizan, se intercambian, sin que se construya una sola casa ni se cure a un solo enfermo.

Este vuelco tiene una lógica interna. Un activo financiero nunca es sino un crédito: una pretensión sobre una producción futura. Mientras esas pretensiones se mantienen proporcionadas a lo que la economía real puede efectivamente producir, todo va bien. Pero cuando se acumulan mucho más allá, las finanzas no crean riqueza: crean una presión. Una presión para extraer más, más rápido, a fin de honrar promesas de rendimiento cada vez más numerosas. Los créditos reclaman lo suyo, y ese pago se salda en materia, en energía disipada, en trabajo, en mundo vivo consumido.

Hay que añadir un punto que rara vez se enuncia. Las finanzas, tal como están concebidas, solo saben evaluar una cosa: lo que produce un ingreso mercantil. Una actividad que da dinero es financiable; una actividad indispensable pero que no da dinero se vuelve, a ojos del sistema, económicamente invisible. No es un defecto de moralidad de los financieros. Es la consecuencia directa de un instrumento que no dispone más que de una única regla de medida. Volveremos sobre esta ceguera, pues está en el corazón de la paradoja de nuestra época.

El crecimiento no es el progreso

El PIB suma los gastos. No distingue los gastos que reparan daños de los que mejoran realmente nuestra calidad de vida.

Una marea negra aumenta el PIB. Una catástrofe climática aumenta el PIB. Una epidemia aumenta el PIB.

Cada vez que un desastre desencadena gastos de limpieza, de reconstrucción o de atención, la contabilidad nacional lo registra como una actividad, y por tanto como una ganancia. El PIB mide la intensidad de los flujos monetarios, no el bienestar ni la salud de los ecosistemas.

Cabe recordar la metáfora de Frédéric Bastiat: un vidrio roto hará la riqueza del vidriero que lo reemplace. ¿Pero qué pensar de una economía de mercado que ya no sabe qué inventar para justificar su razón de ser? ¿De una economía que crea problemas para vender soluciones?

Buscar el crecimiento por sí mismo equivale a confundir el cuentakilómetros con el viaje. Nos hemos inventado una dinámica social en la que el trabajo ha sido erigido en verdad. Al activo se lo glorifica, al ocioso se lo desprecia. En ese contexto, poco importa la pertinencia de sus actos o sus consecuencias sobre el medio ambiente. Hacer y producir: tal es nuestro destino. Hacer por hacer, aunque no haya nada pertinente que hacer… Producir por producir, aunque no haya nada pertinente que producir.

Poco importa que se creen falsas necesidades para seducir nuestros deseos o falsos miedos para seducir nuestros afectos. Poco importa que se asesinen los suelos fértiles para vender semillas químicas. Poco importa que se asesine lo natural gratuito para vender lo artificial lucrativo. Poco importa que las guerras alimenten el comercio de armas, que las enfermedades sostengan la industria de los cuidados, que falsas necesidades estimulen el consumo o que la destrucción de lo vivo abra nuevos mercados: en cuanto los flujos monetarios aumentan, el PIB registra un crecimiento.

Poco importa la utilidad o el absurdo de lo que producimos, con tal de que el mercado funcione y las finanzas prosperen.

Considerando que la naturaleza, al brindar sus tesoros gratuitamente, constituye una competencia desleal, un lucro cesante comercial, se buscará entonces privatizarla como al agua. ¿Quizá un día tengamos que pagar también por el aire que respiramos?

El PIB es un contador de flujos, y un contador es ciego a la dirección, a la moral o a la ética. Registra con el mismo valor una factura de hospital y una factura de casino, con tal de que ambas pasen por el dinero. Sobre todo, es ciego a los stocks y a la naturaleza de los flujos: ignora el capital natural y social consumido para producir el flujo que celebra. Un país puede hacer crecer su PIB mientras liquida sus bosques, sus suelos, sus acuíferos, contabilizando la venta como un ingreso, sin inscribir jamás en ninguna parte la desaparición del patrimonio.

Hay que llevar esta lógica hasta el final. Un contador de flujos no mide lo que existe, sino lo que pasa. El PIB no registra un stock de riqueza: registra un caudal, la velocidad a la que el dinero circula de mano en mano a lo largo de un período. Un mismo euro que cambia diez veces de dueño se cuenta diez veces; un bosque milenario que nunca se intercambia no cuenta para nada. En rigor, el PIB no mide, pues, una riqueza: mide una velocidad de circulación del dinero. Confundir una con otra es tomar la agitación por la prosperidad.

Cuesta imaginar la cantidad de cosas absurdas, inútiles y contaminantes que los seres humanos se obligan a producir en nombre del éxito social y para gloria del PIB.

Es aquí donde la confusión entre crecimiento y progreso se vuelve peligrosa, y no solo engañosa. Pues el crecimiento, entendido como aumento continuo de los flujos de materia y de energía transformados, choca con límites físicos. No se puede extraer, producir y disipar indefinidamente en un mundo finito. El progreso, en cambio —una mejor salud, más saberes, ecosistemas regenerados, vínculos sociales más ricos, más tiempo libre—, no conoce ese techo. Nada impide mejorar sin cesar la calidad de una vida; todo impide aumentar sin cesar el tonelaje que quemamos.

¡Para producir falsa riqueza, destruimos lo que no tiene precio!

Confundir ambos nos condena a perseguir precisamente la magnitud que choca contra un muro, mientras descuidamos la que no encuentra ninguno. Medimos lo que pasa por la caja registradora, y a eso lo llamamos progreso. El viaje, en cambio, transcurre en otra parte: en todo lo que el contador no sabe ver.

Esta confusión entre medios y fines no afecta solo a un ámbito particular de la economía. Se reproduce en cada nivel de su organización. El trabajo deja de ser un medio para asegurar una vida digna y se convierte en un objetivo político. Las finanzas dejan de ser un medio para coordinar los recursos y se convierten en un fin especulativo. El crecimiento deja de ser un indicador entre otros y se convierte en la meta última de las políticas públicas. Tres ámbitos distintos, una misma inversión lógica.

Lo que debería estar en el centro

La economía debería perseguir un objetivo mucho más simple: preservar las condiciones de existencia de la sociedad mejorando de forma duradera la calidad de vida.

El trabajo, la moneda, el crédito, los mercados e incluso el crecimiento no deberían evaluarse sino a la luz de su capacidad para alcanzar ese objetivo. Cuando contribuyen a él, se conservan. Cuando dejan de contribuir, se reforman. Es la regla más elemental que existe: la que se aplica a cualquier herramienta.

Esta propuesta no tiene nada de una exigencia moral. No pide a nadie que sea virtuoso. Pide solamente cambiar de criterio: juzgar nuestras instituciones económicas por su función, y no por sí mismas. Un martillo se juzga por su capacidad de clavar clavos; no lo adoramos, no defendemos «el martillo en general». Y sin embargo hemos conservado nuestros instrumentos económicos —el trabajo, las finanzas, el crecimiento— olvidando la función que estaban destinados a cumplir. Los hemos convertido en fines, y luego los hemos alzado sobre el altar de la moral cultural y social.

Volver a poner el objetivo en el centro es simplemente devolver los medios a su justo rango. No abolir el trabajo, las finanzas o el crecimiento, sino dejar de venerarlos, y recobrar la libertad de reformarlos en cuanto se vuelven contra aquello que debían servir.

Cambiar de brújula

Nuestra época no sufre de una falta de trabajo. Sufre de una falta de financiación para lo que es indispensable pero poco rentable: la prevención, la restauración de los ecosistemas, los bienes comunes, la resiliencia de los territorios y el cuidado de lo vivo.

Un trabajo (en potencia) no se transforma en empleo (en acto) sino cuando la rentabilidad es posible. Pero no todo lo que es esencial es forzosamente rentable, ni todo lo que es rentable es forzosamente esencial. Es precisamente ahí donde debemos reprogramar la brújula.

La paradoja merece formularse sin rodeos. Disponemos de millones de brazos disponibles y de millones de tareas esenciales para nuestra supervivencia colectiva. Y sin embargo, no logramos ligar los unos con las otras. No por falta de necesidades, no por falta de manos, sino porque esas tareas no generan el ingreso mercantil que nuestro sistema financiero exige para aceptar financiarlas.

Hemos construido un sistema en el que las finanzas solo saben remunerar lo que produce ingresos mercantiles. Todo lo demás se vuelve económicamente invisible. Restaurar un suelo, prevenir una enfermedad, cuidar un bosque, mantener vivo un saber: otras tantas actividades vitales, pero que no liberan ningún flujo monetario rentable, y que se deslizan así fuera del campo de lo que la economía sabe ver y financiar.

Hay que medir bien lo que esto significa. Lo esencial no es insolvente por naturaleza. Un suelo restaurado vale infinitamente más de lo que cuesta restaurarlo; una enfermedad evitada ahorra sumas muy superiores a las de la prevención. Lo que vuelve lo esencial «insolvente» no es su valor real: es una arquitectura monetaria y financiera particular, incapaz de reconocer un valor que no se traduce de inmediato en ingreso mercantil. Dicho de otro modo, la insolvencia de lo esencial no es una fatalidad de la naturaleza. Es un hecho de diseño.

Y lo que ha sido diseñado puede ser re-diseñado.

La verdadera pregunta

Quizá sea hora de invertir la lógica.

La pregunta ya no es: «¿Cómo crear cada vez más crecimiento?» Esa pregunta da por resuelto lo que no lo está: que el crecimiento sea el fin, y no uno de los medios. Nos encierra en la veneración de un contador.

La verdadera pregunta es: «¿Cómo concebir una moneda y una finanza capaces de preservar de forma duradera las condiciones de la prosperidad humana?»

Desmontar la Santa Trinidad no destruye nada. Vuelve por fin visible lo que enmascaraba: que el trabajo, las finanzas y el crecimiento nunca valieron por sí mismos, sino por lo que hacían posible. Al dejar de tratarlos como fines, no renunciamos a la economía: la ponemos del derecho. Le devolvemos su vocación primera, que nunca fue hacer girar contadores, sino preservar las condiciones de una vida buena en un planeta habitable.

Queda entonces el trabajo propiamente dicho: el de concebir los instrumentos a la altura de ese objetivo.

Durante dos siglos, creímos que el trabajo, las finanzas y el crecimiento constituían los fundamentos de la prosperidad. En realidad, no son más que sus instrumentos. Y cuando una civilización empieza a adorar sus instrumentos en lugar de sus objetivos, acaba siempre por destruir lo que pretendía proteger. El verdadero desafío del siglo XXI no es, pues, producir más, sino devolver a los medios su justo lugar para que la economía vuelva a ser lo que nunca debió dejar de ser: el arte de organizar de forma duradera las condiciones de la vida.

Jean-Christophe Duval

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